No son muchas pero son maravillosas.

La que me presta su oído, sus consejos, y ese par de zapatos elegantes que jamás encontraría en mi placard.

La que me asiste con su mente analítica en cuanto las emociones me desbordan.

La que le regala dibujos a mis palabras, una mirada cálida y compasiva a mis defectos y una honestidad que no descuida las formas, enseñándome que se puede ser muy franca sin herir.

No se parecen. Sin embargo, hay un algo en todas que es común.

Una conexión espiritual más allá de nuestras diferencias y una forma parecida de caminar, aunque cada una lo haga con su propio paso.

Son mujeres con las que hablar de hijos y amores, de crianza y arrugas, de gimnasia y vestidos, de la última frivolidad y del sentido profundo de la existencia.

Nunca dicen exactamente lo que quiero oír, a menos que coincida con lo que de verdad piensan. Y saberlas tan sinceras es un verdadero alivio para mí.

Constituyen ese espacio en el cual no preciso defenderme ni esforzarme; el que me permite descansar del mundo y ejercer el maravilloso don de la confianza de ida y vuelva.

Y a pesar de que muchas veces escondo algún dolor bajo una sonrisa, estas brujas prodigiosas saben escuchar lo que no digo y adivinar las lágrimas que me guardo. Por eso, entre cafés y risas, charlas hondas e insustanciales, me ayudan a juntar mis partes rotas y me empujan con cariño a subir de nuevo al tren de la vida…

Una vida que se vuelve más luminosa, mágica y divertida cuando se tiene la oportunidad de compartirla con amigas como ellas.