Me dormí con las imágenes del horror, de la barbarie… y desperté pensando en ella.
En Marisa, mi amiga, en sus veinte años llenos de sueños, proyectos e ilusiones. En su risa, su bondad, su simpatía… en su letra chuequita, las frases que compartíamos en nuestras agendas, en su aluvión de ganas de ser y hacer… hasta que una mañana la maldad en estado puro la arrancó de todos nosotros en el atentado a la AMIA.
Y es que, por insensato que suene, estás un instante cualquiera en medio de tu día, ese que amás a pesar de los problemas… y de golpe alguien decide que se terminó, que ya no más.
Un verdugo que juega a ser Dios, que se autoconfiere la potestad de elegir quién vive y quién no.
Jamás me entrará en la cabeza que un ser humano se sienta con derecho a quitarle la vida a otro ser humano. Bajo ningún concepto.
¿Acaso nos habremos perdido sin remedio?, me pregunto con dolor. Y me contesto que no.
Me aferro a los mil gestos de solidaridad, a la gente que abrió las puertas de sus casas a quienes huían de los ataques, a los que en estos momentos forman largas filas para donar sangre a los heridos, a los millones que, alrededor del planeta, no podemos seguir adelante con nuestro sábado como si nada hubiese ocurrido.
Lucho por ser optimista, necesito con desesperación creer que un mundo mejor es posible… pero a veces me cuesta mucho, mucho.
Hoy simplemente no puedo.
Quizá porque aún no es tiempo ni de preguntas ni de respuestas. Solo es tiempo de llorar.