Quiero dedicar el texto que sigue a todas las mujeres que son y que anhelan ser mamás.

Porque la maternidad, estoy segura, empieza a tejerse mucho antes de tener un hijo en brazos.

Desde el instante mismo en que comenzamos a desearlo, a imaginarlo y a esperarlo, haciéndole un espacio en nuestras vidas y un sitio en nuestro corazón.

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Cuando hablamos de ellos

 

Cuando hablamos de ellos se nos ilumina la mirada, nos cambia la expresión.

Se nos escapan las sonrisas.

Narramos sus hazañas con entusiasmo y por qué no, con un toque de exageración.

De tanto en tanto nos asoma una lagrimita… y es que el orgullo nos puede, sea cual fuere el logro en cuestión.

Mi hijo dejó los pañales. Aprendió a andar en bicicleta. Empezó el jardín. 

Esperá que acá tengo la foto. Mirálo actuando de príncipe. No te imaginás lo lindo que canta…

Se puso de novio. Se recibió de arquitecto. Va a ser papá.

No importa qué momento, no importa qué etapa de la vida.

El amor es siempre inmenso, y la felicidad que nos deparan sus triunfos también: no hay proporcionalidad directa con la meta alcanzada.

Cuando hablamos de ellos nos despojamos de lo negativo, nos llenamos de luz.  Y apenas nos permitimos esa pequeña cuota de vanidad, que entre las madres nos perdonamos y consentimos por saberla inevitable.

La relación con nuestros hijos se instala desde lo mejor de nosotras mismas, un lugar puro, sin contaminación. Y a aquel lugar volvemos cada vez que un pensamiento nos lleva a ellos.

Con los hijos no se especula, no se miente, no se aparenta ser quien no se es.  En el terreno de este vínculo sagrado, la relación costo-beneficio ¾que a veces parece regirnos la vida¾ carece de sentido.

Cuando hablamos de ellos deberíamos tener un espejo a mano. Un espejo para la cara y para el corazón. Aprendernos la expresión que nos muestra y replicarla todos los días. Distinto sería el mundo si pudiésemos lograrlo…