No es preciso portar pico y pala ni contar con una maquinaria descomunal. Ni siquiera ser operario de la construcción, arquitecto o ingeniero.

Quizá porque en la vida, después de todo, poco importa qué tenemos o cuál es el título que cuelga de nuestra pared.

Lo que sí importa es quiénes somos y hasta dónde estamos dispuestos a llegar con los muchos o pocos recursos con los que contamos.

Y hay algo urgente, esencial, que está al alcance de cualquiera de nosotros.

Hoy en día, más que nunca, lo que hace falta es construir puentes.

Puentes muy especiales. Que no son de hierro ni de hormigón.

Puentes que nos lleven hasta el otro y su necesidad. Puentes para tender una mano, para acercarnos a una realidad distinta y comprometernos con ella.  Para que no nos gane la indiferencia.

Para sentir que la capacidad de conmovernos sigue siendo nuestro tesoro más valioso.

Para descubrir, finalmente, que un puente es siempre de ida y vuelta, y que ayudar es ayudarnos.

Es tiempo de que dejemos de soñar con un mundo mejor. Es tiempo de que lo pongamos en marcha.